Vestido de novia: De la parábola del grito al homenaje feminista

Entrevista con la realizadora Marilyn Solaya, que recién estrenó su primer largometraje de ficción

Luis Orlando Rodríguez Rodríguez

Así de esquiva a convencionalismos, como el propio título dado a su ópera prima, es la posición de esta peculiar cineasta en su relación con el arte cinematográfico androcéntrico. Confesa de ser mal llamada minoría, ya quisiera algo más que un puñado de gente hacer la justicia poética que logra Marilyn Solaya con su Vestido de novia y las preteridas diferencias. La postura no es complaciente. No puede resultarlo en una mujer a la cual le presentaron el mundo —el del cine incluso— cuando ya estaba habitado, y a la que mucho holán y acero ha costado inscribirse: tercera ocupante mujer en la historia de largometrajes en Cuba y primera en estrenar durante un Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. El número 36.

Tanto como su personalidad, es de interesante su voz. Viste de violeta y negro, de un himno de paz dentro del fragor de su lucha. Guerrera toda, nunca descuida los flancos: el patriarcado, la inequidad. Tampoco pacta con historias de doncelleces y rescates viriles. Prefiere contar, eso sí, desde la rudeza y la incomodidad. Y si novia, es a la fuga.

¿Cómo fue el proceso de “engenerizar” actores/actrices con el ánimo de hacer más fiel el relato al punto de vista de la realizadora? ¿Hasta dónde rompiste con el mito de ser una “dama de hierro” y propiciaste nutrición desde los actores hacia los personajes?

Los actores y actrices son personas que viven en esta sociedad. Por ende, están sujetos a estereotipos y prejuicios del contexto donde nacemos y nos desarrollamos: los que nos inyectan todos los días y por todos lados. Escribí con los rostros de los actores en la cabeza. A ellos los involucré en el proyecto desde el inicio. Todos estuvieron muy entusiasmados porque, para actores y actrices, es un lujo hacer cine por pocas producciones que se hacen en Cuba, por muy caras… Era el sueño que yo tenía y ellos se anotaron. Tanto me siguieron la corriente que, poco a poco, empezó el proyecto a cosechar premios. Una vez que se conforma como película, lo que hago es trabajarla con un grupo de especialistas. En este caso, elegí a Julio César González Pagés, de la Red de Masculinidades, pero también conté con el apoyo de Danae C. Diéguez, Abel Sierra. Di el guión para que lo leyeran, hice mucho trabajo de campo con las personas de las que me inspiré. Si no tienes claro el personaje, sencillamente el actor le da una mirada muy particular que no es la tuya. El reto de cada director está en poderle transmitir a ese actor su punto de vista y estar preparado para enfrentar las preguntas que él te va a formular sobre el personaje, al que también va a ponerle algo suyo, por supuesto. El actor no es un muñeco, ni una cuquita que arropas; los actores son seres humanos que tienen en su base emotiva la materia prima para construir los personajes. Ellos dan carne y vida.

Laura de la Uz y Luis Alberto García, protagonistas del filme. ¿Cómo te planteaste el tratamiento de la mirada, toda vez que es uno de los dispositivos de género más violentados en el cine?

Ese es el desafío para cualquier creador. Una vez que uno tiene incorporados estos estudios, comienza el lado creativo. Una película tiene unos componentes estructurales y unas reglas que ya están probadas. Vienen modas y se van, pero sigue existiendo el argumento. Puedes comunicar más o menos en la medida en que tú logres otorgarle humanidad a ese personaje, con independencia de la temática que te estés planteando. Cómo hacerlo creíble: no moralizando. El escritor tiene que ser amoral. Tiene que ver las cosas como son. Siempre uno tiene un punto de vista y toma partido desde arriba, no desde adentro de los personajes. Y tampoco los puedo juzgar. Cada personaje tiene una historia de vida. Lo que está mal para algunos, otros lo entenderán como positivo. Lo importante es hacerlo real (al personaje) abriendo esa puertecita de los sentimientos y desnudándolo. Si no lo haces así, choca; la gente no se sensibiliza.

A mí me dolió mucho, por ejemplo, el golpe que él le da a ella, pero es que estamos contando una historia en Cuba y él hace lo que se espera que haga un hombre cubano en esa situación: pegarle y dejarla. Si opto por otra acción, estoy rompiendo la diégesis narrativa del personaje. Pudiera hacerlo, pero estaría contando otra cosa.

En medio de una constelación de filmes cubanos, no por abundantes pero al menos por inclinados en temas donde se discute la diversidad sexual: Chamaco, Verde verde, Fábula, Máscaras, Fátima, ¿dónde es que Marilyn encuentra la singularidad de su propuesta?

Creo que es, justamente, en mi mirada implicada en los estudios de género. En esa base conceptual, en esa apropiación de los estudios de género que Marilyn como persona ha hecho. Así es como vivo. Es lo que marca. No es que esté mejor o peor: se va a destacar por eso. Yo resalto aspectos que otras personas lo hacen de manera distinta, desde su punto de vista, por cómo viven ellos. Y no es porque sea mujer. Puede haber una mujer que haga una película también como esta y, sin embargo, no tenga una mirada de género. Puede hacer un muy buen filme en términos cinematográficos —no lo discuto—, pero lo que estaría tratando de comunicar sería diferente, por supuesto, más apegado a una mirada machista, hegemónica, patriarcal. En cambio, mis esfuerzos sí y siempre apostarían a la deconstrucción de esos estereotipos y condiciones.

Entre algunas cortapisas, seguramente tope tu película con una crítica mordaz, por inevitable divorciada de tu punto de vista, ¿cómo te apertrechas para este encuentro beligerante?

En algunos casos, cuando han visto la película en determinados espacios en que la he exhibido, me han dicho que este hombre (Ernesto) es medio flojo, comemierda, porque siempre hemos usado el imaginario simbólico donde, para ser un hombre cubano, tienes que atesorar el machete de Maceo, los cojones de… (risas). Las consignas nuestras han estado en función de los “más machos del mundo” (“cuando un pueblo enérgico y VIRIL llora, la injusticia tiembla”). Entonces, para esta óptica, un hombre sensible es sinónimo de flojo o débil y eso está muy mal. Ya por ahí voy a tener un grupo de personas detractoras. Sin embargo, mi personaje es un hombre socialmente útil, maravilloso, noble, honesto, decente, incluso mirándolo dentro de lo heteronormativo y solo porque se casó con Rosa Elena, que tiene este pasado, acaban con su vida. También está ahí la insensibilidad en oposición a la sensibilidad. Ese presunto derecho que sienten los otros de maltratar, marginar y violentar a las personas “diferentes”. No es un invento ni de la izquierda ni de la derecha. Es un defecto social de la humanidad que ha sido injusto. En nombre de ese “derecho” se han cometido sobradas injusticias. ¡Basta!

Se hace visible una línea educativa muy fuerte hacia los hombres en la cinta, justamente es el personaje de Ernesto (Luis Alberto García) el que más gira sobre su eje psicológico. Sin embargo, ¿qué depara en términos formativos, Vestido de novia, para las mujeres (reasignadas o no) en la asunción de todas las feminidades posibles?

Pienso que para las mujeres y para los hombres. Ella también, al final de la película, decide irse con él para su pueblo como única posibilidad de estar juntos. Siempre irse: de su pueblo, de su país, para el campo. Siempre huir y no enfrentar la realidad. Y ella pretende irse cuando dice que es lo menos que puede hacer por él, porque Ernesto lo ha perdido todo, hasta el trabajo, por ella. De pronto hay un personaje clave que es la otra cara de la moneda, que se llama Sissy, en la que también me inspiré. Un personaje real, maravilloso, que me aportó una mirada especial sobre el asunto. En la película ella se va, en la vida real se queda. Se va porque es una persona que no cabe y defiende sus derechos, lo que ella quiere en la vida. Aparentemente lo tiene todo: un marido que la ama como es, una casa grande, un oficio… y aún es infeliz, incomprendida.

La protagonista al final se da cuenta de que, por supuesto, tiene que hacer algo por sí misma. Que no puede vivir la vida entera escondiéndose o viviendo para los demás, priorizando la vida de los otros. Entiende que, si se va con él, dejaría de ser ella y, por el contrario, sería infeliz. Estar con él, que es importante, no es más que amarse ella.

Fecha: 12.12.2014
Fuente: IpsCuba

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