Rosa Elena vestida de novia

Karen Alonso

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman, contra el niño que escribe nombre de niña en su almohada, ni contra el muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero.

Federico García Lorca

Su reciente estreno me llenó de ansiedad. Aunque me había resignado a no poder disfrutar del Festival, me molestaba perderme la emoción de ver una película cubana en pleno diciembre luego de, literalmente, pelear por ella. Si a todo eso le añadías que el film tocaba llagas aún abiertas de la sociedad cubana actual, entonces la mezcla resultaba sencillamente ineludible.

Desde que me la relataron someramente supe que debía encontrarla, y me lancé sobre conocidos y amigas para conseguirla. Finalmente quedó atrapada en mi USB, donde paradójicamente descansó durante los últimos días de diciembre sin que volviera a recordarla. Hasta ayer.

El film comienza de forma natural, espontánea y casi intrascendente. Se trata de una joven pareja, visiblemente enamorada, preocupada únicamente por sobrevivir a carencias materiales. Debido a ello varias personas me han comentado que no se imaginaron para nada el vuelco que iba a dar la trama. Incluso la develación de que la historia transcurría en plena década del 90 en Cuba no fue suficiente para avizorar la magnitud de los tabúes que serían representados.

Rosa Elena es una enfermera, pero no común y corriente. Es una mujer que se preocupa por los demás, que a pesar de no tener un trabajo soñado vuelca todo su humanismo al cuidado de personas enfermas. En realidad prefiere entonar, vestida de hombre, canciones en un coro masculino.

En este punto del relato audiovisual podemos preguntarnos cuál es el motivo por el que la protagonista debe renunciar al coro. Para ella solo su nueva profesión como enfermera es compatible con la vida que escogió. Porque Rosa Elena eligió ser mujer y por tanto debió adaptarse a todos los conceptos, expectativas, comportamientos, labores, representaciones y sentimientos que efectivamente legitiman la pertenencia al género femenino.

Vestido de novia, largometraje de ficción de la realizadora Marilyn Solaya, está basado en sucesos reales. Tiene como antecedente el documental, de la misma directora, titulado En el cuerpo equivocado en el cual se acerca al tema de la reasignación de sexo, desde el protagonismo de Mavi Susel, la primera transexual cubana.

Varias cuestiones llamaron mi atención con respecto a la historia, otras muchas me conmovieron hasta las lágrimas. Creo que la Solaya logró imprimirle un profundo matiz humanista a la representación de tragedias de quienes han sido víctimas de nacer en un cuerpo ajeno.

La historia de amor entre la protagonista (Laura de la Uz) y su esposo (Luis A. García) es el hilo conductor de un conflicto que abarca los resquicios más hondos de la individualidad, las relaciones familiares, los prejuicios y estereotipos sociales; estos últimos acrecentados hasta adquirir expresiones de violencia (en el film, sobre todo física, pero siempre acompañada de las infaltables secuelas psicológicas).
Antes de que el público llegara a decodificar la verdadera esencia de la película, Laurita de la Uz le pregunta a su confidente y amiga: ¿esto es así?, ¿esto es lo que le pasará a todas las mujeres? Con esa interrogante, a la que Sissi (Isabel Santos) responde encogiéndose de hombros (no sé si por miedo a decir la verdad a su compañera), se abre sutilmente un espacio para la reflexión en torno a la situación que tenían (tenemos) las mujeres.

Rosa Elena, a pesar de no haber nacido con vagina, se transformó en una mujer. A partir de ese momento comenzó a vivir una vida tal y como le dictaba su percepción de felicidad: se casó, formó una familia, cambió de trabajo y de nombre. Sin embargo poco después comenzó a sospechar que todo aquello por lo que tanto había luchado (la liberación final de un cuerpo que nunca fue suyo) se convertía en opresión. Entre las labores domésticas, las necesidades de su “viejo” y la asunción de estereotipos propios de su nuevo género Rosa ya no conseguía entrever la vida plena que soñó.

Otro de los temas que se abordan es el rechazo social que sufrieron (y sufren) quienes, no conformes con su realidad, buscaron soluciones en el transformismo y las cirugías para desligarse de identidades no asumidas y alcanzar plenitud emocional. La represión y el desprecio fueron el tratamiento y la respuesta que recibieron de una sociedad revolucionaria, donde el hombre nuevo podía aplastar las aspiraciones de sus congéneres en virtud de una masculinidad de hierro. Ligada y amparada en esta supuesta virilidad se permitieron crímenes y violaciones, que en más de una ocasión escondieron oportunismos y dobleces morales.

No escapan tampoco quienes, tal vez víctimas del desconocimiento, se aventuran a iniciar relaciones de pareja con transexuales. Las humillaciones sobran para los que de manera heterodoxa deciden romper con el machismo recalcitrante. La necesidad de ser hombre a todo sigue cercenando sentimientos, no femeninos, sino humanos.

Lamentablemente la aceptación de la diversidad sigue generando resistencias por una parte considerable de la sociedad actual. Gracias a relatos como Vestido de novia tenemos la posibilidad de confrontar una realidad que nos perdemos, tal vez de forma intencional.

Fecha: 19.01.2015
Fuente: letrajoven

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