Marilyn Solaya, vestida de tres Cuba

“Devolver el día a día de este país en un acto de creación, es un lujo, y hay que ser consecuente con ello”

Marianela González

Esta entrevista lleva una “nota al pie”. Una nota que elijo poner al principio: la envío a Cine Cubano cuando recién termino una charla de dos horas con Eric Nepomuceno. El brasileño integró el jurado de guiones del Festival de Cine Latinoamericano en La Habana de 1994 —me entero. Conversamos en la bahía de Cienfuegos, y a cada rato, entre un cigarro y otro, la acotación vuelve, como una deuda: La Habana, 1994… Así empieza Vestido de novia, la ópera prima de Marilyn Solaya, esta película con la que acabo de llenar cuartillas y que recién empiezo a “ver” en este muelle sobre la bolsa salada de la Majagua, a 300 kilómetros de Coppelia.

Una amiga la recuerda en 2006, con el guión bajo el brazo. Su primer largo de ficción no nació tras su documental En el cuerpo equivocado, como algunos piensan: es una historia que mucho ha caminado con Marilyn Solaya, con sus hijos, con sus amigos, con los fondos para desarrollo del cine. Con veinte páginas convenció en Cinergia, y diez o doce versiones más tarde, en el Festival de La Habana. Resultado: Vestido de novia, una película sobre “los otros”, va a ser estrenada en plena “Cuba del cambio”, a 20 años de Fresa y chocolate.

No sé si cree en las casualidades, no le pregunté.

Después de hora y cuarenta de película, no obstante, sí le dije que había acabado de ver una historia que no se me parecía a ninguna otra, que había visto a los “rostros del cine cubano” en personajes que nunca antes encarnaron, y que había visto, por fin, el punto de vista de una autora que le nace a nuestra cinematografía en un contexto en que la industria —centro de la producción, distribución y promoción del cine nacional desde 1959— pide sangre fresca, voces que hurguen en las zonas de silencio de nuestro pasado reciente, con ganas de aportar luces: de qué modo, con qué sujetos y a qué precio hemos construido “la excepción”.

Usted lee esta revista cuando Vestido de novia no ha tenido aún su estreno nacional. Es preciso entonces que nos guardemos algunas cosas de esta conversación franquísima, sin poses, sobre una mujer cineasta y su ópera prima, tras casi diez años de haberla rayado por primera vez sobre un papel. Pero hasta ahí los límites.

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¿Cómo logra una cineasta que su primera película, una que transcurre en el “Período Especial” en Cuba y que tiene como centro de atención al mundo “trans” (no solo transexual), no sea un cliché?

Siendo implacable, aunque tenga su precio.

Esta es mi primera película, pero en el equipo hay gente consagrada, sobre todo los actores, y cada uno aporta sus puntos de vista. Ha sido esencial estar bien clara de lo que quiero. Sin embargo, esa postura tiene su lado bueno y su lado peligroso: si queda bien, es la película de todos; si no, es la película de Marilyn Solaya, su ópera prima.

Me fui probando, demostrando cosas… Todo fue parte de un largo proceso para insertarme, por fin, en una industria que ha sido, fundamentalmente, un espacio de hombres.

¿Cómo ves el contexto en que lo has conseguido? ¿Cuáles fueron los caminos?

Una mujer como yo, que además me inicié en el cine como actriz, difícilmente sea vista como algo más, y eso crea una especie de estigma: las actrices actúan; los directores piensan.

Creo que he llegado en un momento complicado a un lugar donde el acceso al largometraje de ficción ha sido, digamos, sospechoso: siempre me pareció raro que con tantas mujeres graduadas y tantas haciendo documentales, no hubiese más directoras de largometrajes de ficción en el ICAIC. Pero consciente de que debía labrar un camino por mi cuenta, pasé mucho tiempo escribiendo sola el guión, y en 2006, el texto tuvo su primer reconocimiento en Cinergia. De ahí fuimos a Dreamago (Suiza), un taller que premia a diez proyectos que para ellos marquen la diferencia. Pasé un curso con guionistas de diferentes países, y el texto llegó al Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, donde obtuve un boleto al primer Taller de Guiones Latinoamericanos. Ahí lo toma el ICAIC, pero tres ciclones, la crisis mundial… todo eso vino al mismo tiempo, y no apareció la manera de hacerla. Me presenté entonces al DOCTV Latinoamérica, con un documental que podría ser el punto de partida de la película y una oportunidad de demostrar que había no solamente un tema, sino una directora.

Con un coproductor de Bilbao, aplicamos al Ibermedia, y aquí está la película.

En el cine cubano (digo, cine ICAIC, aunque sabemos que la analogía no es la más justa), mucho se ha hablado de las coproducciones para películas en o sobre el Período Especial, como posibles condicionantes para ciertas concesiones temáticas, de “tono”, etcétera. ¿Cómo fue tu experiencia?

Ni el ICAIC, ni el coproductor, ni nadie, han intentado condicionar mi punto de vista, ni mi estética. Nada. He tenido toda la libertad del mundo para hacer esta película. Esto ha sido un reto, porque por un lado me ha permitido volar, y por otro, saber que todo el peso, toda la responsabilidad del producto, recae sobre mis hombros.

Todavía tengo pesadillas con el rodaje, haciendo convivir las decisiones artísticas con otras que no lo son tanto. Intentando que todos se implicaran con pasión… No es posible hacer cine si no es desde el rigor. Me gusta que los creadores que yo convoco se involucren, se luzcan en sus especialidades. El equipo de una película no puede ser una fábrica de donde salen plantillas que un director toma y suelta, tiene que ser un equipo creativo, con un compromiso hacia la obra. Así funciono yo con todo en mi vida, con la educación de mis hijos, con el acto de cocinar todos los días, al salir a la calle por las mañanas… Y eso cuesta. Si lo hace un hombre, un director, pues se mira como a una persona temperamental, rigurosa; pero si es una mujer, una directora, pues “está loca”, “tiene la mano dura”, “tiene la menopausia”, en fin… Cuesta.

Y puede que sí, que haya un poco de locura en todo esto; pero ¿qué es el cine, qué es una institución como el ICAIC sin esos locos y esas locas que apuestan por una historia y la trabajan durante años, y escriben, reescriben, buscan el dinero para hacerla, y cuando alguien finalmente se decide, generan trabajo para decenas de personas…?

¿Crees que hacer cine de forma independiente resolvería esos conflictos, o los reproduciría de todos modos?

… No sé, tendría que experimentarlo.

Siento que la industria, por un lado, te da ventajas, y por otro, te quita. Cuando convocas a alguien desde lo independiente, quizá las afinidades sean mucho más cercanas y la complicidad funcione mejor a favor de la obra; tenemos una industria sobregirada: llegar al rodaje y ver decenas y decenas de personas a tu cargo, es un dolor de estómago al que no me acabo de adaptar. Y si piensas que puedes hacerlo con menos personas, pues va en contra de la infraestructura creada y, al final, en contra de la obra.

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Tu película tiene un tema y un punto de vista universales, pero está anclada a un contexto específico: La Habana, 1994. ¿Qué te daba ese contexto, que no te daba otro, para contar justamente esta historia?

Fue el principio de todo lo que estamos viviendo ahora mismo. Por eso me pareció interesante exponer estos temas en la película. Todos habíamos vivido en una sociedad marcada desde los ideales, nos habían pintado un paraíso que no era tal.

La película tiene muchos homenajes al contexto, y justamente, 1994 me pareció una época increíble porque estaban pasando cosas transgresoras con la vida que habíamos llevado hasta ese momento. Hasta entonces, estaban todos los prejuicios en torno a la diversidad, hasta dónde alguien traicionaba o no si se iba o se quedaba en el país… Es decir: todas las crisis que desataba la crisis económica, estaban a flor de piel. Fue el comienzo de un periodo que todavía no se acaba y que nos marcó a todos: los que nos quedamos y los que se fueron.

Casi todos mis amigos se fueron y yo me quedé, pero no como espectadora, sino viviendo, participando del contexto.

En tantos años, ¿no te has “recolocado” en relación con ese contexto? ¿Tu mirada en torno a las complejidades psicológicas, sociales, culturales de los años 90 en Cuba no ha cambiado desde 2006, cuando empezaste a trabajar el guión…?

Es duro un proceso de creación tan largo, pueden pasar esas cosas. Pero me gustan los retos.

Es una película, no obstante, “de personajes”. Ellos encarnan el sentido de la historia, definen sus rumbos. Y justamente, se trata de ingenieros, de profesionales de la salud… es decir, seres sociales sobre los que se ha construido el país…

Los presento socialmente útiles. Él es ingeniero, construye cosas, pero no tiene mucho tiempo para construir una familia. Ella es asistente de enfermería. Y sí: cumplen los requerimientos sobre los cuales se ha asentado la sociedad cubana luego de 1959, pero en cuanto esta sociedad percibe que son “diferentes”, los olvida, los aparta, los juzga. Hay algo que no funcionaba en esos años del Período Especial y que no funciona aún.

Pero es también la película de los otros, los que son protagonistas del contexto y que disponen de todas las herramientas para destruirles las vidas: doble moral, traición, fingimiento… Es la Cuba que estamos viviendo, y la película lo denuncia.

“Es la película que necesitamos…”, coinciden casi todos en el making. ¿Lo crees tú?

Pienso que necesitamos muchas cosas.

Yo vivo en tres mundos, en tres Cuba: en la que normalmente vivimos todos, en la que dicen que vivimos, y en la que viven algunos. Como creadora, mujer, individuo, llegar a una conciliación de esos tres mundos es complicado, porque vivo en la Cuba que viven todos. La cuestión ha sido, entonces, cómo revertir esta vivencia de ser una madre soltera, “jefa de núcleo”, con un oficio complejo donde no solamente tienes que demostrar que lo puedes hacer bien, sino demostrar que tienes con qué… ¿Cómo? ¿Cómo procesarlo todo y devolverlo en intereses artísticos, estéticos, filosóficos, comunicacionales…? El cine ha sido el espacio para hacerlo, no desde el panfleto ni la moralina, ni con un excesivo punto político que no va a ninguna parte, sino desde la vivencia.

Eso está en la película: todas esas mujeres soy yo, todos esos hombres soy yo, todo lo que ellos han vivido, ha pasado por mí y yo he pasado por ellos. Vestido de novia es mi grito.

Su estreno coincide con los 20 años de Fresa y chocolate

Yo estuve ahí…

La vida me puso en Fresa y chocolate cuando tenía unos 22 años. Era muy joven y no tenía la certeza de qué película acababa de hacer. Por el camino, ya estudiando Dirección, me di cuenta de lo que habíamos hecho. Figúrate: Titón, Senel, Juan Carlos, todos los que trabajaron ahí…

Pero estando en la película, sí alcancé a definir que yo lo que quería era ser directora de cine. Cuando veía a Titón, enfermo, subiendo aquellas escaleras, tan preocupado y riguroso, supe que este oficio era algo muy serio que requería un compromiso y una pasión muy profunda. Aquello me contagió. Supe que nunca iba a ser la buena de la película porque a mi cargo iba a estar mucha gente, que iba a ser difícil estar bien con todos, pero ese calvario iba a ser parte de todo…

Para esta película convocaste a “los rostros del cine cubano” contemporáneo. ¿Qué viste en ellos, además de, obviamente, buenos actores?

Te decía que mi película denuncia, que es mi grito; pero para mí es importante además contar una historia. Yo nací para hacer que la gente vaya al cine y salga con una historia que disfrutó, independientemente de todo lo que yo haya querido transmitir con ella, de que los haga o no cuestionarse realidades… Si ambas cosas funcionan, pues genial: habré cumplido como comunicadora.

Laura [de la Uz] es una actriz que nació para comunicar. Hay actores que llegan al oficio porque les gusta, porque es interesante y hasta por vanidad… pero Laura nació para esto, como Luis Alberto [García].

Y yo, sencillamente, me dije: para contar una historia tan compleja, como esta, indiscutiblemente tienen que ser excelentes actores, y actores en edad madura, como los personajes… A Laura la conozco desde hace años, me conecto con su historia personal, tenemos mucho en común. Eso era preciso. Me gusta escribir sabiendo qué rostros van a tener los personajes, cómo se van a mover. Como escritora, no siento entonces un vacío. A veces hasta los espío a ver cómo hacen, cómo se mueven en espacios naturales.

Y, ¿cómo defender personajes tan complicados?: tiene que ser con rostros que la gente ame. Es una estrategia desde todos los puntos de vista. Para comunicar, tienes que valerte de todas las herramientas. Como Laura y Luis Alberto, Perugorría, Isabel Santos, Mario Guerra, Pancho García, Alina Rodríguez, Manuel Porto… son adorados porque se lo han merecido, y eso va a hacer que la gente se conecte con lo que estamos contando.

Por otra parte, una ópera prima tiene que estar inevitablemente bien defendida…

Muchos vienen del teatro…

El teatro es la base de todo. Yo vengo de ahí.

Y estos grandes actores, consagrados, están encarnando roles que nunca antes habían asumido…

Nunca. Incluso Isabel, que es experimentadísima. Su personaje lo puse y lo quité muchas veces, sin saber qué hacer con él. Lo supe en la conferencia de prensa de Casa vieja en un Festival de Cine, en un personaje pequeñito… ahí la “vi”: Isabel tenía que ser Sissi.

La película vuelve sobre la primera operación de cambio de sexo en Cuba, de ahí la conexión con En el cuerpo equivocado; pero siento que va más allá y cuenta una historia de ficción a partir de su historia real, una historia que trasciende temáticamente ese drama y se instala en uno más universal: el derecho de cada persona a ser feliz…

La primera operación de cambio de sexo en Cuba se hizo en 1988. Luego, alguien le dio una connotación “sensacionalista” en los medios y eso provocó un caos social… no se entendía porque no había una educación sobre el tema. Suspendieron las operaciones y pasaron veinte años. De 1988 a 2008, ¿qué pasó con esas personas que habían quedado esperando sus operaciones?: muchas se fueron, otras se quedaron, otras murieron de SIDA. Me pareció importante destacar ese momento histórico en la película, y es otro de los argumentos en torno a la selección del período.

Por cierto, ya no es así el escenario… Si hubiera contado la historia de estas mujeres desde el hoy, me habría perdido la posibilidad de pasar por este lugar de la frustración, y habría sido otro el trayecto. El año 94 tuvo todo eso: Fresa…, el 5 de agosto. Y todo engranado en la realidad, que no hay forma de que alguien diga que lo hice para anotarme puntos o caerle en gracia a algún productor. Todo estuvo en esa realidad, y mi historia enfoca simplemente a gente que buscó ser feliz en ese contexto.

Emigración, género… ¿Estás consciente de que se les consideran temas “de moda”?

Siento que los problemas de género lo marcan todo. Y me interesaba ver cómo en una sociedad como la nuestra, ambiciosa en cuanto a ideologías, única en el mundo, con un sueño tan elevado como es el de sostener una sociedad desde las igualdades, esas construcciones estereotipadas en cuanto al género, van en contra. Las leyes están hechas por mujeres y hombres que apuestan por un mundo mejor y posible, pero el machismo está en nuestras cabezas: es una violencia social, silenciosa a veces, desde y hacia cualquier género, que lo atraviesa todo.

La diversidad es cada vez más visible en todos los contextos, en todas las naciones. Aunque existen “minorías” en cualquiera de esas “tres Cuba” de las que te hablaba, con estructuras que ya no responden a la Cuba que vivimos, y conllevan a posturas duales, contradictorias, como las que asumen algunos personajes de Vestido de novia.

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Elena Burque, Beatriz Márquez, Rosa Fornés… de alguna manera la película también las involucra, las reverencia. ¿Qué significado tienen para ti las vidas de estas mujeres?

Elena, Rosa (por ellas, el personaje de Laura se llama Rosa Elena), son íconos, como otras, como Farah María, Beatriz Márquez… Son nuestras divas. Artistas que vivieron y crearon desde sus espacios de libertad.

Con todos estos elementos, la película tendría todos los “ingredientes” para funcionar con el público cubano y con quienes la vean fuera de la Isla…

Para mí, una buena película es aquella que me deje algo, que me remueva las emociones. Son dos horas que pierdo o que gano, y prefiero ganar, lógicamente.

Creo que la gente va a ir a verla, que se va a identificar y que va a estar muy bien la presentación en La Habana [ríe]… por los actores, por la historia, porque nos hemos esforzado todos, porque hemos sido rigurosos. He puesto la película como un termómetro en espacios que no tienen nada que ver, como parte de mi trabajo de campo, y ha sido halagador. Tengo derecho a hacer esta película como la he sentido, porque he vivido esto que estoy contando, y quienes la verán, también lo han hecho.

Como película, no va a cambiar nada, pero si puede colaborar en algo en estos momentos de análisis profundo sobre el futuro del país, ya es suficiente para mí. Devolver el día a día de este país en un acto de creación, es un lujo, y hay que ser consecuente con ello.

Vestido de novia va sobre la Cuba que vivo. No me interesa contar otra cosa.

Fuente: Revista Cine Cubano, no. 19, enero-marzo de 2014, pp. 151-156.

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